A estos días los
rescata el licor, las velas que enciendo en cualquier altar, las veces que me
aferro a la almohada, no para dormir, sino para gritar entre sus suaves fibras.
¡Ay qué placer el del desahogo! El perpetuo aroma de la vainilla sobre mi
cuerpo y luego sobre tus labios, tus labios de fantasma que ni por las curvas
me atrevería a invocar ¿Para que llamar a la duda? ¿para qué abrirle mis ojos a
un espejo? ¿Para qué llamarte amor? ¿Para qué darte la felicidad? Si a mi casualidad
de vivir la llamo por tu nombre, porque eres el abismo de una enorme
posibilidad, de un aire que encaja perfecto en mis pulmones. Porque entre espumas
y entre océanos, siempre habrá una tormenta que nos junte, unos ojos vendados
que nos abren el camino y un viento al que le bailan los jazmines así no sea
verano ¿Habrá un dios que bendiga esta coincidencia? ¿Habrá una sola abeja que
no quiera darnos en su azar las cuatro estaciones para planear, para buscarnos,
para encontrarnos y volvernos a soltar?
Mañana tampoco
sonará el teléfono, mañana habré despertado y seguiré yendo tarde a la vida, a
tu puerta, a tu sensación de cuerpo amanecido. Mañana cuando me esté bañando un
arco de colores me hará pensar en ese algo que sostiene el mundo, que nos ubicó
como polos opuestos, atados por una tensionante cuerda que todavía no revienta
y que mucho menos se contrae.

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