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Octubre (En) Cuatro

A estos días los rescata el licor, las velas que enciendo en cualquier altar, las veces que me aferro a la almohada, no para dormir, sino para gritar entre sus suaves fibras. ¡Ay qué placer el del desahogo! El perpetuo aroma de la vainilla sobre mi cuerpo y luego sobre tus labios, tus labios de fantasma que ni por las curvas me atrevería a invocar ¿Para que llamar a la duda? ¿para qué abrirle mis ojos a un espejo? ¿Para qué llamarte amor? ¿Para qué darte la felicidad? Si a mi casualidad de vivir la llamo por tu nombre, porque eres el abismo de una enorme posibilidad, de un aire que encaja perfecto en mis pulmones. Porque entre espumas y entre océanos, siempre habrá una tormenta que nos junte, unos ojos vendados que nos abren el camino y un viento al que le bailan los jazmines así no sea verano ¿Habrá un dios que bendiga esta coincidencia? ¿Habrá una sola abeja que no quiera darnos en su azar las cuatro estaciones para planear, para buscarnos, para encontrarnos y volvernos a soltar?


Mañana tampoco sonará el teléfono, mañana habré despertado y seguiré yendo tarde a la vida, a tu puerta, a tu sensación de cuerpo amanecido. Mañana cuando me esté bañando un arco de colores me hará pensar en ese algo que sostiene el mundo, que nos ubicó como polos opuestos, atados por una tensionante cuerda que todavía no revienta y que  mucho menos se contrae.

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