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Cartas Al Fuego

Debajo de cada hoja tengo los rasgos de una piel que pide de vuelta su poder, sus ganas de ser cortada  por la ansiedad de sentir. Al compás de sus definidas trampas de color esa piel me habla de qué tan lejos podemos estar, habrán tal vez unos tantos kilómetros entre ambos pero a razón de mis martirios está la forma en la que tu mirada se hace bosque y yo debo entrar en él.

De las trampas más efectivas para cazar cuentos está la tuya con aroma a piel y peligro, luz y baile, sensualidad y tinieblas. Si cierro los ojos todavía están mis labios en tu torre, mis manos aferradas a tu miedo y mi voz que sobre los techos se atreve a reposar entre jadeos y sollozos que se ocultan a la risa de esta niñita que todavía encuentra en tus manos un hogar.

Las puertas aún no se abren, tal vez no pasará y en la forma perfecta de una llave qué haces crecer en mi está la razón por la que a las puertas de la vida hemos de permanecer. Y del modo en el que cantan los pájaros en las ciudades o como respiran las palabras cuando estamos a la protección de nuestros besos, es que extraño el aire que habita en ti, en tu potencial manera de atrapar peces con la mirada, en tu mágico abrazo del que después de cinco días todavía no me desprendo.

Iré por la vida cantándole al viento una melodía que se encripta en los misterios de un beso extraño, imposible y por eso siempre negado. Serán mis manos las únicas bañadas del poder que tiene tu cuerpo para crear y en él, las cortas ramas que parecen dedos, hablaran de ti, de tu sabor y de tu aroma. Habrá entonces memoria para alejarte y rituales para traerte de vuelta, aunque yo apenas sepa rezar.

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