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| Photo by Denis Forkas Kostromitin |
La comedia tiene
la gracia de estar por encima del delirio, está ahí camuflada entre la locura, creyéndose
diosa y hada, jugando con la ira y despertando a los bufones del pasado. Ella
tan coqueta como siempre, convencida de una sensualidad que nadie entiende,
pero de la que todos se antojan.
A la comedia se
le ve por ahí, atravesando pasillos, siempre a la víspera de las celebraciones
porque gracias a Dios, nació. La comedia sale a la calle, disfrazada de lujo y
lejanía, con sus manos suaves agarradas al qué dirán y siempre estrenando
zapatos, porqué para que pisar el suelo si a mayor distancia más se infunda el
anhelo.
Su maldita risa
loca, mueca, perversa y escandalosa, va por ahí y se las juega todas en la
noche, cada viernes captura un alma y nunca más la libera. La maligna comedia
se cree dueña y abre locales de la vergüenza, embriaga a los solitarios y se
siente perfecta, tiene estrías en el alma, pero se maquilla los labios y con
eso le basta para dejar la marca de un beso expresado en el sollozo de un
ataque de risa.
La comedia y su afán
de simpatizar le hace inventarse un chiste, un chiste perverso y pobre del que
no se ría porque es tan extraña la comedia que cabe en una caja de tubos catódicos
y también en las chequeras de los que van a verla, de los que le restauran la
vida con ofrendas de tiempo.
La maldita y
pesada comedia huele a anuncio publicitario, no puede habitar en el silencio
porque corre el riesgo de ser olvidada, teme al encuentro con la melancolía, le
cuesta detenerse porque su talento es la velocidad con la que dice tantas estupideces
para que un cerebro se sienta inteligente al mofarse de si mismo y sus carencias…
La comedia y su tramposa vida coqueta nunca ha servido al aliento de la música
o de los poemas, pero por su reputación todos creen que sí y le han convencido
de su talento, de su aceptable delirio y de la fuerza de una voz que nunca
ayuda a encontrar respuestas.

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