Esta carta me delata, me recuerda más
que tu forma de mirar, me lleva de nuevo a la urgencia de tus brazos y caigo en
la lástima, en el llanto, en el duelo de las almas que coinciden tarde y llego
al juicio, a la habitación de las sombras, al consuelo del diablo que me acaricia
en cada noche, al miedo insospechado de mis ganas y a la fuerza de un corazón
que apenas palpita por costumbre y no por el ánimo de aferrarse a tan vergonzosa
vida.
Me
cría el desaire, me abandona la sangre. De los insípidos sueños, viene la
muerte a trenzar mi locura y ella con su manto va regando las flores negras de
mi jardín. ¡Lávame sal! que la piel me arde, las mejillas sufren al tacto y los
labios al beso le corresponden con plegarias de huérfana, de ingenua, de niña
tonta que se encuentra fácil a sí misma y a la absoluta nada.
En la
puerta de en frente gritan los gorgojos, es un hotel, es una cárcel, es una
empresa, es el hogar. Y las palomas se cagan en la ventana, le bailan al viento
y me ven dentro, desnuda, saltando en la cama, leyendo a Pilar, durmiendo sin
alma, con la pelvis entregada al vacío y de repente sus labios, sus labios y
los míos, la eterna competencia de las palabras susurradas, la saliva, la
lengua, el latido, la única forma de muerte que no implica malestar, cianuro o
gas.
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