"...Hay una ventana que se llena de ti
cada que decides cerrarla..."
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Si soy tu más grande secreto ¿para que
añadirle más mentiras a esto? Llevo días alimentando el pecado, en esta ciudad
todo ha cambiado, las leyes, el clima y nuestra forma de mirarnos. Volví a
soltar mi afán por no estar sola, me abracé al olvido de algo que jamás fue y
otra vez estoy haciendo cartas para justificar por qué no debo darle vida a
algo que no me mueve tanto como mis ojos sobre los tuyos.
Esto
que has visto es lo peor de mí, mas no lo definitivo. Me duele la piel y podría
elegir alejarme de ti, pero la niñita duerme otra vez reposada sobre tu pecho y
tu brillante forma de mentir. Todo aquí huele a muerte, a campo sin animales,
sin verde. Hace mucho tiempo, cuando mi vida existía tal vez sin mí, ya estabas
reinando en mi memoria, había bares, lunas y licor por todas partes y tú ya
estabas gobernando este cuerpo; volvería a tragarme las estrellas si tuviera
que morir en ti al ritmo de tu corazón inquieto, eso que ves pasar es sin duda
una de nuestras noches favoritas. Ahora ¿Podrías enamorarme otra vez?
Podría
extender mis temas de conversación en esta carta, podría hablarte de tu lugar
como Ser Sagrado dentro de este tu ser querido y Platón entonces vendría a mi
sólo para arrancarme la piel y dejarme desnuda en huesos y carne frente a esos
que suponen que el amor es mi rostro, mis ojos, mi vanidad. También podría burlarme
de ti y con total cinismo besarte mientras te anexo eso que pienso de ti cuando
soy la carta expuesta de la filosofía: "los malvados obedecen a sus
pasiones, así como los esclavos a sus dueños". Pero me guardo la mofa que
produce tu triste vida con el don de la retórica y estos putos labios que se
tragan las conclusiones entre beso y beso.
Cualquier
alimento me es bueno, sobretodo esos que llegan a la boca correcta, a la misma
que sobrevive agradecida, la que se opone a las lesiones que deja la risa al
pasar. No conozco a los que llaman "pobres", sé de muchos que llevan
sobre sí la desgracia de un hogar en el que nunca les dieron lugar para
existir, los mismos que dividen su cuerpo en puertas cerradas, estrechos
pasillos y ahora duermen juntos, mezclados cada noche y hacen el amor a la guía
de un parpadeo, sin una pizca de anhelo.
Además
de planchar dobleces, de coser botones, de llorar sin diálogos, de hacerle
cartas a imposibles, de gritar mientras me aferro a una cama, aprendí a
descubrir las pasiones en los odios, los dolores en los ojos que en su
rutinario eco gritan desesperados y la maldición que dejan los besos de quien
no se despide y aparece cada que quiere.
Aún
no podré controlar el tiempo en una coma, tampoco las lágrimas que siempre se
detienen, los suspiros sobre el cuerpo cayendo como estaca entrando al pecho,
como millones de estalactitas en las cuevas donde crecen las mujeres simples,
alargadas sobre una cama sin tendidos, sin animales por dentro, sin aromas, ni
coincidencias entre la tierra y sus vértices. El cielo a las 6:00pm se queda
quieto y ahí se me acaban las palabras.
Toda la tarde te pinté en la conciencia,
tracé rutas entre hojas secas, resbalé por las montañas y admiré aquellas
raíces que me sujetaron a los encuentros simples que planeamos sin tanto
preámbulo. Cuidé las palabras que por algunos días brotaron de tus labios,
ninguna era una frase buena, pero en cambio tus dedos formaron más de una
oración en mi vientre, el truco era hundir la nariz en el agua y dejar que los
lagos bailaran al compás de ninguna canción.
Cuatrocientos nidos de aves sin vuelo,
veinte pasos para seguirte, dos países entre nosotros y mis dolores
incontables. Las hojas como puñales me persiguen de noche, me buscan los
reptiles y las puertas se abren como si cualquier lugar fuera nuestro hogar.
Entonces elijo mi dolor, pero más que todo a la ira, la desilusión, la náusea
que me dejaron los minutos sin ti y entre los brazos de otro. Si hay algo de lo
que no podría separarme es de las letras que entre cada acento guardan nuestros
impulsos.
Ya no creo y no volveré a creer. Aunque
ese sentimiento me bastara para sobrevivir a los insultos, hoy me aterra el
tener que someterme al agua que me lava la culpa y la impotencia. Tengo todo
por decir, tengo gritos acumulados, razones con el peso de la pasión y destinos
eternos, también el nombre de nuestros hijos que por siglos no tocarán la
tierra.

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