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Jarabe Para El Alma

Qué mal negocio darte el corazón, ignorar la pesadilla y creer que puedo resistirme a las despedidas. Tendrías entonces que volver a nacer, para ser mi amante, tendrían que volver a revestirse de verde las hojas caídas que se despedazaron entre las corrientes, para tratar de guardar nuestras historias de diamante entre mi pecho y bajo el sol.

Tú, con tus modos indolentes, me escribiste tu nombre en la frente y volviste a desaparecer. Todo debería arder. Te gusta extrañar pero no sabes querer. Me has atado para hechar a correr y este monstruo al que le temes es el mismo que alimentas por tres veces. Tu maldad suele ser inconciente pero siempre estas revestido de fatalidad. Del pasado saltas al presente y otra vez empiezas a desaparecer.

De fatalidad esta hecha tu furia de circo y de absurdo rencor se reviste esta bruja. Hoy detesto el futuro, el mismo que nos hizo suponer la inmortalidad del cuerpo como el niño que nace y se cree eterno en los brazos de mamá. Si este día está oscuro es porque no tiene razones para abrazarme y me abandona a la falta de palabras, al oscuro odio que juega como un diablillo entre mis piernas, mis malditas piernas inquietas.

De tu lista de faltas que he cometido, enumeras al menos 100, todas las cosas que te daba, las mirabas con desdén, de este juego de traiciones no entiendo si yo era la puñalada o si yo clavé el puñal. Ahora mi rutina es tragarme las noches por ahí, con alguien como tú que supuestamente me quiere sobre sí, de mirada reptil, de besos de esquina y cuerpos como un cuchitril.

Pero... el cuerpo es animal y se alegra al verte, aunque ya no te tenga... las piedras que ruedan no recogen moho...

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Ilustración de  Raffaele Marinetti El espacio entre los dos puede llamarse distancia, pueden denominarlo lugar, tú tal vez le dirás no lugar, yo le digo tiempo. Tiempo que atraviesa atmosferas, que se carga de energía, que también es compás y pista de baile. Ese espacio que ahora es tiempo también es dueño de la piel, le plancha sus pliegues de extremo a extremo, se hunde en ella, la moja y la bautiza con los linajes infinitos de la humanidad. Ese espacio invisible como pisadas de reloj, susurra el monólogo del sexo, te llama por tu nombre, te pide que no le sueltes, que le muerdas y que le beses, que le reclames con la mirada los papeles indivisibles de una magistral actuación. Ese espacio que es tiempo viene por ti y por mí, nos captura en el imposible descanso del placer y en el exceso llama al sudor, se prende del pecho agitado que busca el cielo, intentando encontrar en él los picos más altos de una paz de nieve, de blanco orgasmo, de líquido y tórrido orgasmo. ...

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