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Talentos Simples

By Krist Mort
En una guerra inmóvil bailan mis días, soy la noche que lleva su gracia en primaveras cortas, adornada en plata y estrellas frías, dejo en mi cuerpo el sabor del hombre que es veneno, la ira del que sin poseerme me retiene en sus deseos infantiles y se muerde los labios al descubrirme libre y liviana.

Soy como el llanto de una guitarra, mis resonantes son la caja que envuelve mi pecho y aquellas puertas rojas se abren sin dejar pasar a nadie. Frente a mi están los ojos de 19 hombres en la mañana y 62 en la noche. Guardo el visual de sus manos, ninguno se ha fijado en mi concentrada admiración por su pulgar, de sus aromas prefiero los que me recuerdan mi hogar, madera, canela y flor.

Mis ritmos son diminutos y precisos, los llevo a manera de talento para poder hablar sin culpa, mirar con arrepentimiento y abrazar con determinación, encajando mi busto entre huesos, barrigas y brazos. Soy la mentira mejor dicha, nadie me consiente la conciencia porque la maldita atrapa. Me alivio los golpes con llanto y espejos y el ejercicio de regar las plantas, hablarles por horas y abandonarlas una semana cada mes.

Adoro mi aroma, una trampa que obliga a cualquier a probar de mi. Odio a los que como yo no suelen arrepentirse, atados a la maldición de la lujuria, la incansable rutina de erotizar el aire, bañarse en roces y propuestas momentáneas y efímeras. Soy la diosa de lo injusto e imperdonable, no le creo a nadie y aún con todo eso me enamoro de todos a la vez.

Soy un supuesto, soy una lágrima fácil de mi entrepierna, soy la eterna duda y la cobardía de todo destino. La estúpida solitaria de cada sábado, la misma que abandona sus apellidos y rebusca en sus entrañas los latidos de un corazón agonizante. Con el coño conectado al cerebro arrastro a la metafísica los pecados de demonios que todavía no despiertan.

Suelo despedirme con mi práctica cotidiana de la brujería enferma y adolorida, agotada de haber hecho a varios fracasar. Cargo con las almas de los que he besado y que planeo condenar al exilio, no más por su estúpida manía de venir a mi y creerse peor que yo. Son mis ojos los que sin quererlo, se derraman en maldiciones y vienen y lavan conciencias frágiles que han caído nobles ante mi. 

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