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| Foto: Nona Limmen |
Dejé en la llamada el peor adiós, simple y a la vez maltratado. Los relámpagos nacieron justo después de la 'ausencia', palabra hecha mujer que dio a luz el espantoso grito de lo oscuro, lo solitario.
Intenté mirarme al espejo sin decir nada, pero la vista al poco tiempo parecía bailar entre reclamos. Mis ojos eran gemelos hechos en un vientre oscuro, limitados a la memoria de las venas que dibujan ríos, como si la vida fuera líquida, como si en cada puerto existiera el amor.
Agarré el crucifijo, grité cualquier oración, manipulé su nombre con sátiras y poemas, finalmente no quería invocar a Dios, quería sentir que su partida podía hacerme una mujer malvada.
Intenté embellecer mi cuerpo, me quité las sedas, me lave la cara y era yo, con la sangre del vientre entre las piernas, las malditas lágrimas negras de la vergüenza cayendo en mis pechos, las manos frías y los pies puntuales.
Mi hogar se hizo universo, lo oscuro no delimitaba espacios, esta vez la ventana fallaba en el intento de dejar pasar la luz amarilla de la calle. Las pupilas crecían y marcaban su rostro en la pared, lo amé, lo solté.
El silencio como gotas, como lagrimas, como lluvia, como si acostumbrase al vacío fuera tan sencillo como huir del ruido, ¿acaso al abandonarte, como se abandonan a los pequeños niños, no corro el riesgo de ver mis pechos tratando de encontrarte?
El dolor de las piernas que no encuentran camino, el llanto de los ojos que a esta hora nadie ve, son la recompensa de no tenerte, de jugar a ser justa, de irme de ti sin estar conforme, de velarte cada noche creyendo que todavía me queda tu alma.

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