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Querido:

Hay un lugar en mi planeta, en mis días, ese lugar alberga tu voz y con ella sueño. Los árboles tienen tu forma y las mariposas arrastran de las flores el olor de tu cabeza y sus descabellados pensamientos. En mi hogar gobiernan tus días soñados, cada objeto es un pretexto para acostumbrar la ilusión de conservar tu recuerdo como las flores, que eternizadas, alimentan mis paredes. El agua de aquí, además de nutrirme las lágrimas, resbala en la piel que por horas solloza episodios de espumas bajo la regadera. Las sillas evocan el tacto y a manera de estalactitas clavan los poros como si tus manos aun insistieran en aferrarse a los latidos que ya no pretendes. Aquí en esta cama una almohada reemplaza tu calor, no es lo mismo, sigo sintiendo frío en el verano, eco en mis preguntas y orfandad en el pecho, el vientre me llora tus fantasmas y los ojos te cuentan cada mañana que ya ni duermo, que derraman tu vacío inquebrantable como si el mar habitara dentro de ellos y mi planeta cada vez está más frío.

De los deseos ya no se acuerda Dios, todos los depositó en mi alma por donde las fugas son más que el espacio que la conforma. La voz de mi hijo me recuerda que vivo sin ti, que crezco sin ti, que sin ti las estaciones son las mismas, así los colores busquen resaltarlas. Oigo los cantos y enfrasco en ellos los destinos tristes de las cuerdas rotas, las maderas quebradas, las voces falseadas tocando el limite entre el grito y la angustia. 

Mi rutina en este lugar no va más allá de reprogramar el cuerpo para correr, para esconderse en callejones de restaurantes y episodios de escape. Los cigarrillos mantienen su posición, vienen y se van entre mis dedos, son varios al día, pero el aliento no me dá para aguardar más suspiros entre las cenizas y las incrédulas figuras del humo que se enredan en el viento y juguetean a perderse en permanente invisibilidad.

Aquí entre los edificios nacen cúmulos de inteligencias y pesadillas, las epifanías escalan sus muros y se suicidan en todas las terrazas. Sigo mirando por la ventana, el sol estrella su mirada con las montañas que abrirán camino a la luna, no hay nubes. Se completan los días que formarán un año, desde que me mudé a este lugar, todos mis días se parecen a estas letras. 

Me lanzo por la ventana y caigo en las franquicias de tu ego y fría y pálida me dejas entrar en tus pupilas. Mi mano derecha carga con el peso de la cruz y con la inconsistencia de tus palabras que para mi son oro tallado con ramas de trigo que forman una circunferencia, la unidad, la constante entre los dos, el sí que no deja de perseguirme en mis sueños... y vuelves a mi, te prendes de mi cintura y adentro tus hijos gritan orquestando mi pequeña muerte... y todo vuelve a empezar.

Como verás mis días no cambian, una parte de ti ,de cualquier forma, habita aquí.

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