Invisible en la vía,
con el riesgo de ser fugaz o apostarse como la carta escondida bajo la manga,
así el niño fantasma juega con mi vestido y me lo quita y me lo hace poner, con
alas o sin ellas, naciendo en mis vuelos, en mi cuna de niña, en mis bragas de
dama. Verso oculto de mis versos, aliento de las calaveras que se niegan a
fundirse con la tierra, custodio de los tesoros enterrados.
Cualquier
plegaria es un hechizo para invocar a la criatura andante, su voz arranca las
raíces que no debo echar y sus lágrimas son fina plata en las que toda sirena
desea nadar. En su extraña sombra de ópalo revientan mis deseos, ahí habito yo,
con mis abrazos liberados de las cadenas del amor, apenas aventurada al juego párvulo
de los besos, escasos pero leales.
Me basta con
apagar la luz para abrigarlo con mis sábanas, el niño imaginario se enferma en
la imposibilidad de amarme y jamás se recupera, a él le cuesta hablar de mí,
así yo sea un pájaro libre danzando en su memoria. El niño invisible me viene
siempre sin anunciarse, inocente ante cualquier sentencia, me concede su
silencio como beso fácil de extrañar.
El niño
inexistente para el resto, es mi soberbio abrigo con el que salgo cada mañana a
fingir mi libertad. Ni el futuro azul, ni las vidas que me quedan le pretendo
poseer, él es cadena para atarme y no existe recompensa que ahora pueda
liberarme. El hombre invisible lleva días sin venir a verme, pero lo siento en
el agua como un maleable mineral o en la muerte como un lobo reclamando vida.

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